Lunes, 9 de mayo
19.:30 - Sala Zaida Inauguración de la exposición Sombras, de Pablo del Pino

Pablo del Pino

“Pablo, si quieres ser pintor pinta, pinta al despertarte, pinta por la mañana, pinta por la noche, pinta por la tarde, pinta en sueños y hasta en el aseo; porque solo así, encontrarás los colores”, le dijo el poeta Rafael Alberti a Pablo del Pino (Madrid, 1961), que no tuvo más remedio que hacerle caso y que se ha convertido en uno de los pintores literarios por excelencia. Muestra de ello son las numerosas y conocidísimas portadas que el artista ha realizado a autores como Ernesto Cardenal, Claribel Alegría, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Jorge Galán, Mario Benedetti… así hasta engrosar una nómina de autores envidiable. Colaborador de la editorial Visor y de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, Pablo del Pino tiene obra repartida por medio mundo. Desde que en 1986 se hiciera con el Premio Nacional de Dibujo ALCER, su obra ha evolucionado hacia lo simbólico, convirtiéndose en un seguidor de Baudelaire con pinceles y colores. En esta exposición el autor reúne por primera vez sus obras relacionadas con la literatura.

Porque no ver lo invisible es un modo de estar ciego

por Benjamín Prado

Las cosas que no son imposibles, no merecen la pena. Quizá parezca un simple juego de palabras, pero es la paradoja a la que debe enfrentarse todo artista honrado: si se puede hacer, no tiene ningún sentido intentarlo, sólo si es irrealizable. El resultado de una obra de arte, por mucho que haya sido meditada, nunca es completo, ni perfecto, y por esa razón Paul Valéry escribió que un poema nunca se termina, sólo se abandona; pero en la literatura, la música y el arte no hay peor cobarde que el que no se atreve a fracasar, el que se conforma con lo que está al alcance de la mano. Malditos sean.

Hay que tirar de lo inexpresable hacia esta mitad del más allá, darle forma y ponerle nombre aun sabiendo que sus nombres posibles son miles y acordarse de lo que decía el pintor y poeta Paul Klee: lo visible es sólo un ejemplo de lo real. Lo verdaderamente real es lo esencial, esa mezcla de la parte de dentro y de afuera de nosotros y lo demás que llamamos la vida. Hay que pintar cuadros no sobre un hombre triste, sino sobre la tristeza. No sobre una mujer solitaria, sino sobre la soledad. ¿Cuál es la forma de la tristeza o la expresión de la soledad? La que le dieron Velázquez o Edward Hopper, podría contestarse, y uno no estaría diciendo una mentira. ¿Cómo se puede meter en la red que es un poema o un cuadro la mariposa de la felicidad o, pongamos por caso, el insecto oscuro de la desesperación? Pintando el interior de las cosas, haciendo de cada cuadro no algo para ser mirado, sino para reconocerse, para que el que lo vea se vea por dentro, de algún modo.

Pablo del Pino se propone pintar la fugacidad. La fugacidad, es una palabra en la que está metido todo el dolor y la angustia de la existencia: las cosas se nos escapan, por Dios santo, se van entre los dedos como si fuesen de agua. Pero también es una palabra que puede contener el optimismo. ¿Optimismo? ¿Pueden ser optimistas unos seres que se saben condenados? Bueno, pues digamos, entonces, todo el optimismo que es posible atesorar sin llegar a ser idiota. Yo creo que Pablo del Pino quiere pintar la fugacidad y por eso muchos de sus personajes están corriendo: corren para aprovechar el tiempo y persiguen cosas inalcanzables; que, por cierto, también son las únicas a las que vale la pena intentar alcanzar. Corren porque huyen y porque buscan.

He hablado de personajes y quizá debí decir sombras. Doblepé pinta esbozos, ejemplos, seres transparentes que no son nadie concreto, por lo cual pueden ser cualquiera. Son seres vacíos, lineales y en blanco y negro, que es el color de los sueños y, por lo tanto, de los símbolos. Son cuerpos que se internan por senderos y entre telarañas, que intentan salir o entrar de laberintos y, en su carrera, se contagian y tiñen del color de las cosas, el mundo exterior los mancha y quedan heridos de verde o naranja. En definitiva, logran quedarse con un poco de ese agua del que hablábamos entre las manos. Vivir es todo lo que quepa en la palabra ahora.

He dicho que los personajes de Pablo del Pino eran todos y nadie. Por eso se repiten y nunca estamos seguros de sin son muchos, seres diferentes unificados por la verdad última de las cosas, o uno sólo que se multiplica y es una metáfora de la cantidad de personas que pudo ser cualquiera de nosotros, todas esas personas que había cuando estábamos en el kilómetro cero de algo: para dónde y hasta dónde voy, con quién, por qué camino... Si se piensa, cada vida es como una cifra en la que algunos números permanecen y otros han sido tachados.

Intentar pintar la fugacidad es de locos. Bendita locura. Qué hermosos cuadros los de Pablo del Pino, a la vez sencillos y complejos, porque en la claridad de sus líneas está definida toda la oscuridad de la existencia. Y toda su luz. Y todo su cansancio. Estar cansado tiene plumas, escribió Luis Cernuda. Por alguna razón, me parece que estos cuadros concordan de manera perfecta con ese verso. Qué sutilidad.

El hombre y la bombilla

Por Fernando Valverde

Aquel hombre de amarillo que se sujetaba las piernas era yo. Al menos era la imagen de mí en un momento concreto de mi vida. En aquel grabado de Pablo del Pino se encontraba exactamente lo que yo había tratado de expresar un poema tras otro en mi libro Los ojos del pelícano. Despojado de las metáforas, todo se redujo a una imagen, a un símbolo. Esa capacidad de Pablo del Pino para provocar emociones, para captar lo que no se ve valiéndose del color y de la creatividad, me produce una gran admiración.

Cuando escogí al hombre que era yo de color amarillo para la portada de mi libro, apenas conocía a Pablo del Pino, ese artista tímido capaz de llenar de movimiento las imágenes o de congelar un instante hasta reducirlo al silencio. Después he tenido la suerte de compartir con él alguna tarde de fútbol, varios almuerzos, unas cuantas copas…

Hace unos meses, en su casa de Majadahonda, Pablo me enseñaba los cuadros que hoy forman parte de esta magnífica exposición. Lo hacía con la ilusión de quien descubre un tesoro, con la voz temblorosa del que teme y desea la mirada del otro. “Tienen que ser sencillos, muy literarios… Hay que juntar las portadas, los dibujos que son poemas”, habíamos hablado algunas veces antes. Y en el terreno de la sencillez Pablo del Pino se mueve con la naturalidad de quien sabe que la simpleza es otra cosa, que lo más complicado de todo es provocar emociones de forma sencilla.

El pasado mes de diciembre andaba buscando otra portada. Prometo que me propuse que no fuera una nueva portada de Pablo del Pino. Era para la antología Poesía ante la incertidumbre, en la que aparecían autores españoles e hispanoamericanos. Fue imposible evitarlo. Encontré una bombilla amarilla que en su interior parecía albergar un cerebro. Me pareció una metáfora obvia de las ideas, recurriendo a un lugar común, pero superándolo, apropiándose ese espacio hasta hacerlo suyo. Cuando se la mandé a algunos de los poetas hispanoamericanos que participaban en el libro, el primero en contestarme fue el salvadoreño Jorge Galán, a quien se la envié en diferentes colores. A Jorge (que ya antes había caído en las redes de Pablo en la portada de su libro El estanque colmado) le encantó la verde. “Que la imagen parezca un árbol extraño me gusta por la simbología: algo que a la vez que antiguo se renueva pero sigue siendo lo mismo, que es lo que nosotros tratamos de hacer con los poemas, que poseen nuestro lenguaje de 2010 pero que intentan conservar lo que la poesía ha sido desde siempre, la belleza, la revelación, la música…” Todo aquello había visto Jorge Galán dentro de aquella imagen que demuestra la capacidad de sugerir de su autor, de dejar espacio para la creatividad de quien observa sus dibujos para que los convierta en un mundo propio, en una sombra que acompaña al que camina. Coincidirán conmigo en que cuando Alberti recomendó a Pablo del Pino que no dejara de pintar no se equivocaba. Lo sorprendente es que no le animara a escribir poemas, a dibujar palabras.


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